(extracto de un interesante artículo escrito por Carlos Encina)
El Diccionario vigente de la Real Academia de la Lengua dice: «Poesía: expresión artística de la belleza por medio de la palabra sujeta a la medida y cadencia, de que resulta el verso».
El origen de la palabra «Poesía» es latino, «Poêsis», de raíz griega. Las definiciones de la poesía, como es de suponer, son numerosas y muchas de ellas oscuras, y callan más que lo que dicen.
Aristóteles encuentra en la poesía una imitación de la bella Naturaleza. Bacon agrega que si bien es obra de la imaginación, imita la Naturaleza, pero exagerándola y reuniendo seres que no se hallan reunidos en ella. El Marqués de Santillana recoge la vieja idea platónica, haciendo de la poesía el arte de embellecer y vitalizar «con muy fermosa cobertura» las realidades, trasmutándolas en fábulas y fingimientos. Efectivamente, para Platón la poesía está relacionada con Lo Bello y el Resplandor de lo Verdadero. De tal forma, habría un trasfondo de verdad y de magia en toda auténtica poesía.
Royer-Collard expresa: Lo bello se siente y no se define. Hállase en todas partes: dentro de nosotros y fuera de nosotros, en las perfecciones de nuestra naturaleza y en las maravillas del mundo sensible, en la energía independiente del pensamiento solitario y en el orden público de las sociedades, en la virtud y en las pasiones, en la alegría y en las lágrimas, en la vida y en la muerte.
Desde Homero hasta los contemporáneos, las formas han cambiado y lo único que permanece es la que podríamos llamar «intención poética». Pero... ¿basta esta intención poética para plasmar poesía?
El que este trabajo escribe fue poeta desde su niñez y sabe que los poemas auténticos vienen a nosotros como ya confeccionados y tan sólo hay que retocarlos para darles forma definitiva. El acto de escribir una poesía es casi un fenómeno «mediúmnico» que sorprende al poeta en las situaciones aparentemente menos propicias y se le niega en los marcos más bellos o en las situaciones provocadas para el descenso de la Musa. Por ello, y con el mayor respeto para los que disientan conmigo, creo firmemente que los poe-tas nacen y no se hacen. Aún recuerdo las jocosas situaciones de algunos de mis compañeros de estudios, cuando al tratar de dedicar a su amada alguna palabra consonante con «divina», en su esfuerzo pseudopoético tan sólo acudían a sus mentes palabras consonantes y rimadas tan impropias como «cochina», «masculina» o «letrina».
Estos son los que se atienen a la forma por encima de todo.
No pueden hacer verdadera poesía.
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